martes, 17 de marzo de 2009

Lo absurdo de vivir

Recuerdo mi barrio de niño: calles arenosas donde se podía ser futbolista, vaquero o malabarista; el olor a guiso de cuatro y treinta de la tarde que te hacía pensar en el puñado de arroz blanco, y un grupo de niñas buenas saliendo de misa con sus faldas volantes desafiando el viento. Eran finales de los ochenta. No sé cuánto recuerdo de aquello, pero sé exactamente lo que no puedo olvidar jamás. Eran los tiempos del Chavo del ocho y ahora nos sorprende observar cuán cercana estaba la vida de esos personajes absurdos, al interior de nuestras pantallas, con la nuestra. Casi todas las tardes se armaba bronca y el partido de beisbol que jugábamos terminaba desbaratado porque el dueño del bate, la bola y el guante, tomaba sus cosas, como Kiko, y se largaba a su casa. Después nos sentábamos a hablar en la esquina hasta que se nos secara el sudor y nos saliera salitre en el cuerpo, y uno a uno regresaba a casa para luego volvernos a encontrar hasta que diera la hora de acostarnos. Algunas veces era a la diez, otras antes.

Conocí buenos amigos y amigas de ese tiempo. Uno murió ahogado mientras yo me convertía en hombre en los matorrales de un pueblo. Nunca he podido olvidar que no estuve cerca a su hermano, uno de mis mejores amigos, quien lo vio perderse en el mar. Luego tuve que mudarme de allí, pero me encuentro a mis viejos amigos de infancia cada vez que vuelvo al barrio y miro sus ojos de niños. Ninguno de ellos sabe que yo ando más extraviado que ellos. Me perdí entre los libros y el cine, buscando respuesta a un interrogante jamás formulado. No comprendo en qué punto de la vida perdí el rumbo normal de las cosas.

Hoy, abro los ojos y veo a mi ciudad tan extraña como la sensación de somnolencia en mitad de una fiebre. Pareciera como si la persona que soy no debiera haber sido. Tal vez debí llevarme a Tanía, mi primera novia, a los catorce años, y hacerla madre de cinco hijos. Quizás hubiera sido mejor empezar a trabajar a los doce y pagar las cuentas a tiempo. Confieso que tengo miedo de fracasar esta vida. Nací en un ambiente violento. No quiero morir en él. El niño que un día tomó las ofrendas de la misa y se bebió a escondidas el vino, el que vio haciendo el amor al sacerdote de la iglesia con otro hombre, el que le metió mano a la "Nena" detrás del altar, hoy, está más asustado desde que asesinaron a Elkin y a Rómulo Castro. Por eso será que ahora, al lado de mi pluma hay una Magnum 38, no por responder con violencia a la violencia, sería lo más absurdo. Es que ahora caigo en cuenta de que las niñas buenas se crecieron, el arroz sigue siendo el mismo y los juegos infantiles de vaqueros e indios terminaron por convirtirse en una realidad ineludible.

1 comentario:

sonia dijo...

Profe esta historia que suena triste y a la vez conmovedora, me trae a mi mente varias preguntas es usted el que habla???, es su histotia???